Un recuerdo cósmico

¿Quién soy yo para creer que mis pensamientos deben transcribirse eternamente en palabras escritas? ¿Por qué mis palabras merecerían la trascendencia de ser escritas? Soy un simple mortal, intentando encontrar mi camino en esta vida. No soy ninguna figura importante y aunque lo fuera, jamás sentiría justa cualquier atención que recibiera. Si existen siete mil millones de humanos en el mundo y miles de millones más han vivido y muerto durante toda nuestra existencia, ¿por qué mis pensamientos y sentimientos merecerían ser escritos? No soy una persona especial. Quizás seré una persona única; sin embargo, al final, todos lo somos. Hay tantos ingredientes en la receta de nuestra existencia que es predecible sentir que nadie en este mundo pensará, actuará o sentirá todo lo que yo. Pero eso no hace que mis palabras sean dignas de trascender. Entonces, ¿por qué sigo teniendo esta necesidad de hacerlo?

Quizás tengo la esperanza de que, al hacerlo, encuentre la respuesta a todos mis predicamentos. Pero sé que no será así. Todo esto es un ejercicio inútil en el que me miento a mí mismo creyendo que una idea iluminará mi presencia y le dará sentido a mi existencia. No funciona mentirme. Sé que nada en esta existencia tiene punto ni sentido. Sé que solo soy un producto de millones de eventos que colisionaron entre sí sin objetivo ni plan. Los humanos tenemos la ilusión de que el universo funciona a través de un orden predefinido que determina lo bueno y lo malo. Nos fascina la idea de sentir que existe una manera de controlar la vida misma. Se nos olvida que solamente somos parte de un universo caótico que, desde nuestra perspectiva, se siente especial. ¿Cómo no podría serlo, si somos capaces de pensar y sentir? Nos atrae la idea de que somos la única especie en este planeta capaz de ejercer control sobre él, usando nuestra razón y nuestra ilusión de orden.

No podríamos estar más equivocados. El orden del universo es tan estable como el de nuestros pensamientos. Por más control que intentemos ejercer sobre la vida misma, millones de factores juegan cada segundo para demostrarnos lo contrario. Solo somos visitantes en esta vida pasajera. Por más riquezas que generemos, por más poder que acumulemos, nuestra existencia no es más que la oportunidad de presenciar el milagro del caos en movimiento. Por más sólidas que encontremos las fundaciones sociales que hemos creado, ninguna de ellas logrará jamás contrarrestar el caos del universo mismo. El dinero siempre podrá perder su valor. Las instituciones siempre podrán derrumbarse. El arte siempre podrá quemarse. Por más que ignoremos la realidad, nada es para siempre. Nada vence al tiempo. Y así como quien escribe esto un día sucumbirá al universo, así lo harán todas y cada una de nuestras invenciones, creaciones e ideas. Al final, lo único que quedará será el universo mismo, hasta que decida dejar de ser.

Si el universo es el único que tiene el control del caos, nuestra individualidad no es más que una manera de presenciarlo, honrarlo y regalarle nuestra atención. Sin importar quién presencie cada una de nuestras aventuras, el universo es quien goza de las mismas. Quizás por eso escribo. Escribo creyendo que el universo nos mira con sus ojos místicos e inexplicables. Escribo creyendo que algo de todo esto tendrá algún sentido. Escribo honrando los millones de ingredientes que crearon mi existencia. Escribo sabiendo que si tan solo uno de ellos hubiera sido alterado, ya no sería la misma persona. Aunque no sea especial, escribo para regalarle algo a este universo que me ha visto nacer y crecer. Aunque mis palabras no merezcan trascender el tiempo, escribo para que este universo, que me verá morir, tenga una manera de saber lo agradecido que terminé con él. Porque aunque yo no habría pedido nacer ni existir, el universo me regaló la oportunidad de presenciarlo en su infinito caos. Me regaló la oportunidad de sentir, pensar y existir. Me regaló la oportunidad de experimentar el amor y la muerte, la felicidad y la depresión, el miedo y el asombro.

Al final del camino, no seremos más que nuestras historias que este universo presenció. No seremos más que una página más en el libro sagrado y caótico de la existencia. No seremos más que palabras plasmadas en el lienzo cósmico de la realidad. Al desaparecer, nuestra historia dejará de ser nuestra y se convertirá en recuerdos que seguirán viviendo en el caos reinante. Y si al final solo seremos un recuerdo contado por el cosmos, ¿por qué no honrarlo con la mejor historia que podamos contar?