Un miedo rebelde
Conforme intento respirar con tranquilidad en la sala del aeropuerto, descubro, poco a poco, la razón de mi desgracia. Simplemente no hay vuelta atrás. Por décadas tuve un mapa que me guiaba al tesoro de la realización personal sin ofrecer alternativa. Por décadas tuve la fortuna de saber cuál debería ser mi siguiente paso. Sin que tuviera que pensarlo, la vida me llevó por un camino de pocas dificultades y retos fáciles de superar. Fue divertido ir puerta tras puerta ilusamente creyendo que eso me iba a llevar a la felicidad, al éxito y a descubrirme. Por años superé concursos de matemáticas, exámenes hechos para rompernos y proyectos que acabarían con mi paciencia. Por años sacrifiqué la vida presente por una vida que me iba a merecer después. Por años juré que estaba haciendo lo correcto. Hasta que la realidad de mi vida chocó de frente con la realidad de mi ser. Aunque debo aceptar que eso suena muchísimo más dramático de lo que en verdad fue. Al final terminó siendo la historia típica de desacuerdos entre superior y directo que termina con uno de los dos gritándole al otro de lo que se iba a morir. De nuevo debo aclarar que eso es también una exageración. Pero bueno, sin duda no hay vuelta atrás de gritarle a dos superiores en una junta grabada para después incriminar y chantajear. Sea lo que sea, la historia que ahora me toca vivir es la historia de una persona en la mitad de sus treinta sin la más remota idea de qué hacer con su vida.
Hasta antes de este momento, mi vida parecía ser una torre de Jenga. Para quien no lo ha jugado, es básicamente un juego en el cual se pierden amistades y relaciones con el puro hecho de escoger la pieza de madera incorrecta que pueda desbalancear todo lo que llevaba muchos minutos intentando no tirar. Y por décadas, ya sabía qué pieza quitar. Al fin y al cabo, los pasos estaban claros desde el inicio. Solo había que seguir la corriente, estudiar la carrera que me convertiría en un ser útil para la sociedad, conseguir el trabajo que todos endividarían, dedicar la vida a conseguir más y más dinero. Poco a poco fui pasando por todos los obstáculos que me detenían de llegar a esas metas. Y por años el destino estuvo claro. Llegar tan lejos como pudiera corporativamente para poder tener un buen balance entre trabajo y vida; al mismo tiempo, teniendo el deseo de un retiro temprano para poder disfrutar la vida. Por años eso parecía lo correcto. Sin embargo, poco a poco las piezas de la torre de Jenga que era mi vida comenzaron a desestabilizarse. El vacío emocional que sentía en el fondo de mi ser comenzó a crecer como una sombra eterna, de un color tenue e imperceptible. Y poco a poco las piezas que más soportaban a la torre de Jenga comenzaron a temblar, hasta que la torre entera cayó con la más ligera corriente de viento.
Con el riesgo de sonar como una falsa víctima con un toque extra de dramatismo de un sistema injusto, la realidad es que el camino que hasta ahora viví, por más éxito que hubiera generado, siempre se ha sentido solo. Nunca compararía mi sufrimiento con el de otras personas en la tierra; sin embargo, sí creo que el sufrimiento es universal y que el peso de cada sufrimiento individual es válido e importante. Volviendo al punto inicial por el cual escribo esto, ahora mismo me encuentro en la encrucijada más grande de mi vida. Por primera vez me encuentro perdido en la vida, con una brújula apuntando lejos de mi destino, pero con la comodidad de sobrevivir un tiempo antes de tener que comprometerme con algún cambio importante en mi vida. Y nunca antes en mi existencia había sentido un miedo tan terrorífico. Estoy navegando un pequeño bote de madera en la mitad del océano, sin idea de la dirección de mi camino. Podría seguir utilizando más y más metáforas, pero ni soy bueno en ellas ni representan apropiadamente el sentimiento de terror que vivo en estos momentos.
Y claro que siento culpa de sentir este miedo. Al fin y al cabo, el siguiente paso debe estar claro y fácil de seguir. Solo tengo que buscar otro trabajo corporativo, con el riesgo de tener que volver a vender mi alma. Lo que queda de ella.
¿Sin embargo, es eso lo que realmente quiero?
Por años busqué una oportunidad de un nuevo inicio. Durante años, mis historias favoritas han sido acerca de personajes que se redimen a lo largo del tiempo tras encontrar su verdadera identidad y su motivo de ser. Por años pedí una oportunidad y una señal de qué hacer para encontrar mi redención. Y por años intenté buscar una respuesta que estaba frente a mí todo este tiempo. Solo debía quemar esta vida. Porque solamente después del infierno iba a poder resucitar con el alma motivada de encontrarse a sí misma. Se lo grandiosamente falso que todo esto suena. Antes de escribirlo, mi cabeza me recordó lo ridículo que soy por pensar todo esto. Renacer como ave fénix. Es posiblemente uno de los clichés más repetidos a lo largo de nuestra historia. Sin embargo, siendo brutalmente honesto, así se siente esta parte de mi camino. Solo cuando todo está hecho cenizas pude encontrar la motivación de renacer. O quizás sea algo que me digo a mí mismo para gozar de cierta paz en la tempestad que habito actualmente.
Conforme crezco, me doy más y más cuenta de que una de las razones por las que el arte nos hace capaces de sentir es porque nos permite vivir más allá de nuestra zona de confort. El arte es capaz de regalarnos la ilusión de haber asesinado a un dragón cuando ni siquiera se estaba cerca de uno. Nos regala la ilusión de que un día, la justicia llegará. Nos regala la ilusión de que los finales son felices cuando el camino es temible. La realidad no podría ser más distinta. En el mundo real, los conceptos de justicia y balance son imaginarios y subjetivos. No existe ningún juicio realmente objetivo en esta vida pintada de tonalidades grisáceas. Cualquier historia que se quiera usar para justificar una moralidad individual no es más que una historia creada en nuestra imaginación que justifica nuestras creencias y acciones. No le quita validez a nuestra individualidad; sin embargo, para mí, verlo desde ese lente ayuda a explicar un poco la era de división en la que nos encontramos. Verlo desde ese lente asimismo ayuda a entender la raíz de mi ridículo predicamento. La historia que por más de treinta años me creí fue que iba a ser feliz siguiendo las instrucciones y el libreto que se me regaló al vivir mi vida.
Millones de factores participaron en la receta que creó a este ser humano que escribe esto sabiendo que probablemente quedará olvidado en algún folder de una computadora que en diez años dejará de funcionar. Factores sociales, evolutivos, históricos y hasta cósmicos, pues este texto no existiría si algo hubiera ido mal durante los millones de años que el universo conspiró para crear mi existencia. Con mi existencia vinieron ciertas creencias básicas que adquirí a lo largo de mis primeros años de vida. Mi receta vino con algunas inseguridades de más, algunos miedos sin procesar, pero con el constante recordatorio de que mi vida estaba preparada para algo especial. De por sí, si tantos millones de factores se unieron para hacerme, mi existencia debía ser especial. Y aunque eso es objetivamente cierto dada la complejidad de la creación de la vida misma, la realidad es que mi existencia es tan especial como la de otros siete billones de personas.
Desde mi infancia quise luchar contra la realidad de que era tan especial como el resto del universo. Siempre quise ser "más" especial. Siempre quise ser "el elegido". La persona que recupera el balance. Es obvio que crecí con historias como Star Wars y El señor de los anillos. Lo más curioso de todas estas historias mentales que me convencieron de esa falsa ilusión es que todas iniciaron como lo hace mi aventura actual. Con una explosión emocional que rompe con el estatus quo de mi historia y me muestra que la respuesta siempre estuvo disponible para mí, pero no estaba listo para entenderla. La respuesta siempre estuvo en romper con el manual de instrucciones que venía preinstalado en el disco duro de mi cerebro. Ese manual que siempre me convenció de que la vida me iba a traer la justicia y la felicidad que tanto buscaba. Ese manual que prometía paz y serenidad en un universo forjado en caos y revolución. Ese manual que me hizo creer especial en un mundo con siete billones de personas especiales que eran conscientes de su realidad.
Con el paso de los años me fui dando cuenta de que no había nada especial en mi camino comparado con el del resto de los humanos que habitan este planeta. Las circunstancias que fueron parte de mi nacimiento y crecimiento fueron factores más relevantes en mi camino que mis decisiones que trataban de darle sentido a una vida sin sentido. No soy el único. Todos los habitamos este mundo tenemos miedos e inseguridades, y vamos por la vida tomando las decisiones que creemos que justifican nuestra manera de vivir, haciéndola la correcta. Vamos por la vida sintiendo que el mundo gira a nuestro alrededor, porque al final, para la mente, el mundo sí gira alrededor de ella. Nuestra mente vive en el mundo de las ideas etéreas y fabricadas. Siempre seremos protagonistas y víctimas en nuestra vida si dependiera solamente de nuestra mente, ya que para ella, la vida inicia y muere con ella misma. Sin embargo, la vida existía antes de que nuestra mente naciera y seguirá existiendo después de que nuestra mente muera. Todos somos conscientes de eso. Vamos por la vida evitándolo; sin embargo, esa es la única verdad absoluta en este mundo de incógnitas y misterios. Un día nuestra mente dejará de crear pensamientos. Y la vida seguirá.
¿Cuál es el punto de ver esta vida tan seriamente como nuestro instructivo nos lo dice?
¿Cuál es el punto de vivir ansiosamente atado a ideas de las que nuestras circunstancias son responsables?
Al final, yo no creé en mí la necesidad de ser una persona productiva y exitosa económicamente. Yo no elegí estar aterrado de la autoridad y con una ciega creencia de que el orden impuesto por humanos es un orden estable y balanceado. Yo no quise sentirme estancado por diez años en una situación que parecía la correcta, pero que estaba alimentándose poco a poco de mi ser. Yo no quise estar ahí tanto tiempo y sin embargo lo estuve. Lo estuve porque siempre tuve miedo de realmente enfrentarme al caótico universo que existe cuando se deja de seguir el manual de instrucciones. Por más de treinta años decidí tomar decisiones por las convicciones mentales que tenía, creadas gracias al entorno en el que me tocó existir. El manual de instrucciones vino con un rol asignado para este ser humano. Y siempre y cuando el rol cumpliera con sus obligaciones, mi mente estaba convencida de que la seguridad sería eterna. Sin embargo, no contaba con que la seguridad solo sería eterna mientras no me alejara de las reglas universales que se esperan de cada ser humano en el contexto actual. Se debe estar sumiso e impotente ante el sistema. Se debe aceptar cualquier trato que venga de la autoridad. Se debe querer ser parte del sistema mismo.
Hoy navego un mundo en el que esas expectativas sociales desaparecieron junto con el trabajo en el que sobreviví por diez años. Por diez años fui parte del sistema que ha empobrecido a tantas personas y creado tanta desigualdad. Y por más dinero y posesiones que haya recolectado, siempre existió en mí una necesidad rebelde de renacer. Una necesidad rebelde de romper con el mapa que tenía. Una necesidad innata de ser el protagonista de mi historia y no solo un personaje secundario, intentando sobrevivir a base de café y estrés. Hoy quiero adueñarme de mi vida, por primera vez en una década.
Hoy se cumple un mes desde que me despidieron injustamente de un trabajo por el que di la mayor parte de mi. Y la razón por la cual estoy aterrado actualmente no es por la falta de trabajo o por la necesidad económica de tener más posesiones. Es porque ese miedo rebelde que he tenido por tantos años hoy arde como una llamarada llena de ganas de liberación. Arde como un incendio del que no habrá escape. Arde porque está quemando mi existencia entera para que una nueva realidad renazca de las cenizas. Este rol debía quemarse enteramente para regalarme la oportunidad de rebelarme por una vida que honre la historia que me tocó vivir. Y si mi historia termina de contarse en el momento en el que mi mente produzca su último pensamiento, ¿por qué no hacer de esta una buena historia que contar?
Quizás el miedo rebelde que siento está acompañado de mis sueños infantiles de la especialidad de una vida común. Quizás es solamente el universo tomando decisiones caóticas por el puro placer de expresarse. Quizás es la señal que necesitaba para por fin entender que se debe luchar por la vida que se quiere. O quizás es solamente mi mente tratando de entender un universo inentendible. Pero al final, una vida con miedo rebelde suena a una mejor historia que una vida gris de solamente seguir instrucciones.