Fuerza
¿Quién va a estar ahí para recordarte cuando ya no estés?
¿Quién leerá todas las palabras que alguna vez plasmaste?
¿Quién cargará tu memoria sobre sus hombros hacia el futuro de un mundo sin ti?
Pase lo que pase en el futuro, tarde o temprano, nuestro impacto en la historia será reescrito por quien venga después de nosotros. Tarde o temprano alguien dejará de cargar tu memoria sobre sus hombros, sin importar si tu nombre es Aristóteles o Juan Pérez. Nuestra huella desaparecerá como todas las huellas en la arena del mar, dejando atrás solo la esencia de nuestra existencia. Si no existe manera de resistir al paso del tiempo, ¿cuál es el punto de buscar dejar un legado que será borrado conforme los segundos fluyan? ¿Cuál es el punto de vivir para un futuro que no existe más que en la imaginación? ¿Cuál es el punto de vivir si en algún momento acabaremos en el olvido eterno?
Cuando era más joven, soñaba con que mis palabras resistieran el paso del tiempo. Soñaba con la ilusión de que mis palabras inspiraran cambio. Soñaba con que mi huella fuera más importante de lo que va a ser. Existía la carga emocional de ser siempre visto como una persona talentosa y trabajadora. Determiné mi valor personal alrededor de lo que le podía dar de regreso a la sociedad. Determiné mi valor personal alrededor de otras personas, nunca preguntándome qué quería hacer yo. Quizás si me hubiera preguntado eso cuando era más joven, habría aliviado muchos dolores de cabeza que he tenido de adulto. Lamentablemente, el hubiera no existe y no nos queda más que lidiar con las consecuencias tanto de lo que hicimos como de lo que no hicimos.
Llevo casi cuarenta años en la faz de la Tierra y la realidad es que cada día que pasa entiendo menos y menos mi lugar en el universo. Siendo honesto, a veces se siente que no tengo un lugar. Aun sabiendo que no estoy solo en esta travesía ni que soy la única persona sintiendo esto, no desaparece la desolación de vivir una vida que se siente vacía, sin objetivo ni sentido. Aunque me sea difícil enfrentar el sentimiento y a veces pretenda ignorarlo, cuando el sentimiento de perdición está más profundo, desaparecer suena a una mejor opción que intentar luchar. No luchar por encontrar un lugar en un mundo tan cruel suena a conformismo. Luchar suena a una batalla sin fin. Luchar suena a subir una montaña tan inclinada como la vida misma, solo para terminar cayendo en el mismo agujero eterno de la humanidad. El agujero de vivir una vida llena de distracciones mientras llega el inevitable final. No hay manera de ganar esta batalla. Pase lo que pase, se va a tener que seguir luchando. Luchar para evitar el conformismo de una vida gris y vacía. O luchar por mantener las distracciones que nos alejan de la cruel realidad.
En una batalla donde cualquier situación termina siendo una pérdida, es difícil no caer en ciclos autodestructivos que llevan a un aislamiento físico y espiritual que lleve a un desenlace de la historia rápidamente. La mala alimentación, la nula motivación para establecer hábitos y la soledad se convierten en compañeros de lástima y autodestrucción en una carrera rumbo al fondo de la existencia humana. Una existencia gris, sin sentido y mediocre. Totalmente opuesta a la existencia que en la infancia fue prometida por promesas vacías y cargadas de falsa esperanza. No fueron promesas maliciosas ni con mala intención. Pero en el existente universo caótico, nada puede asegurar una existencia plena sin la fuerza de voluntad de cambiar la realidad. Y si hay algo que a mi espíritu le falta en estos momentos, es esa fuerza de voluntad.
Al final, no hay otra alternativa más que seguir despertando cada día hasta que el cuerpo aguante. Pero lamentablemente, mi espíritu ya no tiene el mismo aguante que antes tenía. Porque después de tantos años, la única pregunta que me queda es... ¿Cuál es el punto?